Quedo atrapado en la trastienda de la librería “El Viajante”: un amable lector quiere que le dedique un ejemplar de “Listán y Hule”, un librito de cuentos de guachinches que un grupo de escritores hemos editado hace veinte días. Estoy disfrutando de una gloria literaria que no me parece real, sólo un sucedáneo bien condimentado; o será, tal vez, que esta nueva sensación tiene dos caras, como las de esta librería: una meticulosamente ordenada, con libros distribuidos en estanterías temáticas, y otra caótica- quizá no tanto-, con libros apilados sobre mesas y volúmenes que esperan, tristes, ser sacados de sus cajas. Lo cierto es que me he sonrojado al verme en un lugar en el que no me correspondía estar, y he tenido que pedir perdón al dueño, José Maza, que me ha sorprendido allí cuando regresaba de atender a otro cliente; mis ojos, desbocados y curiosos, se habían quedado, unos momentos antes, con todos los detalles de aquella habitación. Le pido perdón y un bolígrafo, claro, para la dedicatoria.
No sé el motivo de que la trastienda de nuestro “Listán y Hule” haya gozado, desde el principio, de una extraña y dulcísima armonía: doce escritores con estilos muy diferentes, un elegante ilustrador, un preámbulo muy poético y un prologuista cariñoso y sensible. Todos los elementos se han combinado de forma tan mágica que he llegado a pensar que un sortilegio nos había embrujado. En todo esto pensaba camino de la televisión local donde promocionaría el libro; me habían advertido que debía ser divertido, que tenía que llevar preparadas algunas anécdotas graciosas. Creo que temían, puede que con cierta razón, que habían muchas probabilidades de que les soltara un ladrillazo despiadado que hiciera caer en picado la audiencia. La metáfora de la trastienda me pareció un recurso interesante hasta que llegué al plató y me sentí apabullado por los focos, las cámaras y los decorados de cartón. Aquello sí que me pareció una trastienda terrorífica, arrebatadoramente ficticia. La entrevista, bien; no hice alarde, afortunadamente, de mi habitual bradipsiquia y de mi desesperante disartria, y quedé más o menos satisfecho, a pesar de que repetí tres veces la palabra “idea” y dos “defraudar”. No hubo tiempo para metáforas, ni trastiendas, ni planes ocultos-cualquier plan, por inofensivo que sea, tiene algo de oculto-; lo literario se dejó para mejor ocasión. Se desmelenó por un rato el animal televisivo que llevo dentro- mi lado salvaje es una fiera catódica, arrrg- y regresé cabizbajo a casa.
Hay un limbo profundo y oscuro donde flotan las ideas que quisiera expresar, que esperan tímidas su rescate; como los libros que desbordan los anaqueles de mi biblioteca, mi trastienda particular, que viven con la incertidumbre de si serán alguna vez leídos.




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